Vagabundo

luna

Me contaba un vagabundo, que por las noches se perdía en la luz de las estrellas. Eran estrellas palpitantes bajo el techo del horizonte de sus ojos. Él no reparaba en esos techos blancos encerrados entre las cuatro paredes de una ciudad, porque su techo se adornaba con la lámpara que las estrellas dibujaban en su cielo.

Se cobijaba aunque el frío tatuara sus huesos, con la luz de luces del firmamento. Se mecía en la invitación flagrante del punto blanco sobre negro, dando imaginación a sus futuros sueños.Sentía en unos instantes la libertad de poder tocar las estrellas.Se sentía libre, mientras el mundo giraba por debajo de sus luces. Se dormía cuando su cuerpo ya no era capaz de reconocer a su alma.

Cuando el sol ocultaba las luces que engendraban sus más maravillosos sueños, el ruido de la realidad le daba bofetadas de soledad e indiferencia, porque su techo se había convertido en numerosas pisadas que ante sus ojos, le pisoteaban con total indiferencia.

Se resguardaba bajo cualquier puente, en la esquina que acababa de dejar otro indigente, en la entrada de un metro repleto de miradas ausentes, en el silencio que descansaba al final de su voz cuando pedía o deseaba un bocado caliente, en la sonrisa de aquel niño que ajeno a sus desgracias, le sonreía en un instante.

Me contaba un vagabundo que una noche al despertar, el sol tapó sus sueños para siempre, pero las estrellas brillaron bajo el techo de su ausencia.

 

Anuncios

Silencios

espejismo

Es como una escalera escondida en ese rincón, en el que sólo entras tú.

Tiene una visión muy por encima de las miradas ajenas, sus peldaños se han formado con las huellas de tus éxitos y fracasos, hay sombras de perfiles en sus bordes, recuerdos grabados justo en el centro donde sólo tus pies se acoplan, y cuando miras la lluvia desde la ventana más cercana, crees ver el reflejo de un arco iris al que nunca te atreverías pisar, y esperas con tus manos aferrando recuerdos que insisten en morir.

Se burla de ti durante el día, se ríe a carcajadas cuando el sol termina su viaje de ascensión oblicua, se queda agazapado en gritos de voces ajenas, se serena de pronto mirando el horizonte, se embriaga de todos los colores dueños del atardecer, y al llegar la oscuridad, llora de emoción para que la luna y la noche, no se sientan solas.

Y tú te dejas caer en ese viejo cojín, que conoce tu cuerpo mejor que nadie, se abraza despacio al espacio incoloro de cuatro paredes y un techo, bautizados con todos tus secretos, sonríes con los ojos cerrados, mientras bailas sin música, rezas sin un Dios imaginable, y reconoces al silencio como el mejor amante de tu piel ausente.

Confieso que le amo más que a nadie.

Silencios paridos del silencio de una vida.

Luz

mujer2

 

La luz se mostraba de forma nítida sin esconder el horizonte oculto, invisible, días antes por la niebla.

El pelo recogido en la nuca, los tacones como complemento rutinario de su vestuario, los pantalones ceñidos a sus piernas, y el alma adormecida por un letargo inoportuno, quizás a causa del cansancio, o tal vez, por un necesario paréntesis de los sentimientos.

Entre paso y paso, nacían letras que nunca eran escritas en papel, versos mezclados deambulando por una mente inquieta, a veces insegura, y en otras ocasiones, la mente divagaba por el mero placer de ser cómplice de la realidad.

A veces el cuaderno era olvidado, el papel se mostraba ausente dentro de su bolso, el teclado se quedaba lejos, como si huyera de sus dedos, como si dilatara la necesidad de expresarse, pero la mente escribía sin piedad mientras andaba, cuando soñaba despierta, o cuando en la cocina, se perdían en el agua en plena ebullición.

Y escuchó el ruido de tráfico tras ella, y después el trino de los pájaros de ciudad embaucados de por vida por el reflejo del asfalto, regado de diminutas migajas de pan, y restos de otros manjares pisoteados por las huellas de ciudad frenética, de supervivencia.

Caminaba sin mirar hacia arriba, no necesitaba mirar al cielo, imaginaba de forma certera, la cadena de nubes que coronaban la ciudad; imperaban los sentidos, el tacto de la brisa en la piel, el ruido de fondo como melodía imprescindible para saberse viva, para luchar, para amar.

Las sensaciones eran imprescindibles para mitigar el recuerdo del dolor causado por la muerte, por la injusticia, por el desamor, por el abandono, por la soledad, que no eran exclusivos para ella, porque estaban por todos los rincones, y quiso en ese momento, no ser ella, pero si ser de todos los demás.

Y casi sin darse cuenta, la luz empezó a desaparecer, se acababa el día, llegaba el atardecer, y nunca el aroma de la esperanza fue tan dulce.

Rejas

llave

 

Hay unas rejas, que casi cortan un cristal.

Detrás, se oyen trinos interrumpidos por el sonido amenazante del asfalto, los barrotes no tapan, ni oscurecen el paisaje salpicado de gris… yo me quedo entre las rejas que han eclipsado parte de mi vida.

Sé  qué hacer para salir, para dejar de hundirme en el lodo pesado del pasado, para borrar los arañazos de amor acoplados en mi piel; corazón lastimado, pies cansados, arrugas que podrían haberse evitado, campanas dentro de mis oídos, y yo, mirando al horizonte sin saber qué hacer.

Ahora no veo el amor en otros ojos, quiero que me miren a mí, pero sin darme cuenta, me quedo dormida en el perfil de todas las miradas.

Me siento grande al ver mis sentimientos descritos en pocas letras, me veo pequeña al resbalar en los acentos inexistentes de palabras imaginadas en mi soledad;  abrazo tu perfil cuando el aire huele a tu nombre, beso tu recuerdo cuando la luna te esconde, me trago mis lágrimas cuando el sol se ahoga en el mar.

Me espera la soledad que me regalaste al ausentarte, busco tus manos cuando me duermo, y no me queda más remedio que callar, me guardo tu recuerdo porque en él, has muerto y nacido conmigo, me llevo las ilusiones enterradas en el camino, te sostengo como racimo de guijarros escondidos.

Ando de puntillas en tu destino, cierro los ojos al ver tu cuerpo abrazado, en unos pechos que no son los míos.

El tablero

7

Una mirada vacía miraba al tablero, mientras decidía qué ficha mover.

El silencio, un gran juez de conciencias, subrayaba la respuesta e ignoraba sentimientos.

Al otro lado, un nuevo jugador a la espera de recibir la verdad, o quizás la mentira; con ella era perderlo todo, con la verdad sería tener algo más de dinero en el bolsillo, aunque para ello se hiciera daño a los actores secundarios.

El silencio esperaba el siguiente movimiento, y ganó la verdad.

El tablero llamado vida, se quedó en blanco, el silencio que deseó llamarse respeto, desapareció una vez más en el inmenso plató.

Entre aplausos volvieron a oscurecerse los sentimientos de la humanidad.

Durante unos meses volvieron los vicios… Volvió el silencio, la partida comenzó de nuevo.

Chocolate y Fresas

34j8y81

Se abrían las montañas abrazando la mañana. Besaban las nubes las cimas embadurnadas de nieve inmaculada, regalaban a la vista, la imaginación abarcando una mirada.

Yo nací en un lugar en el que no sólo viví. Los minutos que marcan el tiempo enmarañado ahora entre mis dedos, eran el compás indestructible de templadas primaveras, marcando el color en el campo sembrado de hierba. Hierba ácida de sentimientos, y tibia en el aroma que perdura en los sentidos. Los otoños, lloraban la muerte inevitable de los frutos del paisaje, pero nacían otros colores, otros aromas asociándose a la muerte de la dicha y siempre templada estación estival.

Mientras, yo vivía envuelta en las sensaciones que siguen marcando mi mirada, los sentimientos a mi alrededor fluían confundiendo lo puro en mis vivencias. Lágrimas derramadas en algún rincón de mi casa por mi abuela, una mujer a la que la vida había dejado muchas cicatrices en su piel ensangrentada por el pasado, y que rellenaba sus arrugas con la frialdad de una tierra ajena y extraña, en sus sentimientos de mujer abnegada y alejada de las raíces de otras tierras.

Tierras que para mí a su vez eran extrañas, tierras que usaban el idioma que en mi vida era el segundo marinero de aguas ni revueltas, ni tranquilas, eran las aguas en las que había navegado el árbol genealógico, creciendo con la sal de las lágrimas, de una mujer que formaba parte de mi vida.
-¿Por qué lloras?
-Ya lo entenderás, la distancia me robó algunas miradas.
Y yo entendía el ocaso en las miradas de mi abuela, lo entendía a mi manera, mi yo de niña razonaba en un fugaz momento, y abandonaba para jugar con mi muñeca.

Mi muñeca también era extranjera, me respondía en el mismo idioma, un idioma que ahora reposa en el mundo de la indiferencia, palabras trastocadas añorando recuerdos de fluidez en la vocal hueca, cuando no coincide con la lengua materna. La vocal que reina en los recuerdos con estela de nostalgia, y que nace en los poemas. La vocal de añoranzas que antes expresaban presente y realidad, la vocal que mis padres no quisieron que siguiera usando, y ahora me regala blancos recuerdos.

Y nada me hace olvidar el paisaje que abrazaba mis mañanas al abrigo de la gélida y nívea nieve, empeñada en recordarme que me tenía atrapada en el embrujo del presente. Y el nogal, mi nogal, un regalo descansando al píe de una ventana, para surcar conmigo los sueños en tantas noches imaginadas, y que entonces intentó decirme: -Mírame, sí ves mis ojos camuflados en mis ramas, reventaré el blanco de alguna página-.
Y ahora le recuerdo por haber sido capaz de encontrar la mirada escondida entre la rama y el fruto,  para mí era algo más que una cáscara dura que no se deja dibujar en mis sueños del presente, quizá porque esa envoltura formaba parte de mis sueños cuando al ser niña, nunca imaginaba que podría llegar a ser mujer.

Tampoco imaginaba, que perdería la risa de mi padre en una futura madrugada, no imaginaba, que el pasado podría ser almohada del olvido, no imaginaba nada que nunca haya nacido. No era capaz de formar una novela con los sentimientos, ni emociones perdidas en el bosque inanimado de mi propia imaginación.  
Mi barrio se alzaba entre la fábrica de chocolate y la casa de fresa. Al menos, así lo creíamos mi hermana y yo, cuando por las mañanas el olor dulzón, se mezclaba en primavera con la casa que de camino al colegio, rebosaba fresas.

La dueña de la casa, trabajaba en su jardín agazapada, y rodeada de herramientas. Mirábamos sus manos trabajando la tierra, mientras el olor de la fresa nos abrazaba mezclado con el chocolate en el otro extremo de la calle.
Bajábamos la cuesta camino del colegio admirando la casa de la ladera, ésta descansaba dirigiendo a su vez el paisaje. Me imaginaba lo que había más allá de las ventanas de madera, acentuadas en el tono verde hierba que parecían reflejos de la alfombra en la que descansaban sus cimientos.

Allí vivía una niña rubia, compañera de escuela. Ella no era extranjera, y me hablaba del teatro de títeres que papa Noel le había traído la última vez. Un día me llevó de la mano a conocer sus muñecos. El teatro descansaba con diminutos personajes inanimados repletos de colores, con formas diferentes, y esperando la animación de las manos que daban vida a la fantasía.
Jugamos entre risas, fábulas creadas por dos niñas, que dejaron de creer que eran extranjeras de la vida. Al llegar el atardecer abandoné la casa de la ladera.
Se quedó grabado en mi memoria el teatro que me hizo soñar, el olor del chocolate en el ambiente, la casa de fresa, y esa cesta repleta de ellas que una tarde la señora agazapada nos regaló con sonrisa de primavera.

Un trineo abandonado.
Llegó la mañana cuando la nieve empezaba a acariciar el suelo. Se mantenía firme esperando en la gran alfombra que adornaba el comedor. Yo esperaba impaciente que la nieve alcanzara la espesura para presentarle a mi trineo. A través de la ventana se volvía lentamente el paisaje blanco, se adueñaba de los colores que desaparecían bajo el manto espeso del casi eterno invierno de aquellas tierras.
Una mañana me aferré a sus brillantes tiras de madera. Subimos juntos hasta el límite de una cuesta. Mientras mi piel se abrigaba del frío hasta las cejas, nos deslizamos mi trineo y yo, admirando el paisaje que se deslizaba lentamente al ritmo de instantes matinales.

Dejábamos huella en la nieve, dejábamos huella en la memoria, acariciábamos algún árbol que en nuestro camino dejaba caer manojos de nieve acumulada entre sus ramas. Y se dejaba alimentar el invierno entre risas, y alguna caída al borde de lo que ahora descansa en la memoria del pasado.
Al llegar de nuevo la primavera, entre lágrimas y risas de mayores entendí que volvíamos a la tierra que para mí seguía siendo extranjera.
Nadie me preguntó si era feliz con la idea. Mi trineo desapareció entre los brazos de un niño que vivía cerca, mi nogal creo que la última noche lloró alguna lágrima que hoy he recogido entre las líneas de estas letras.

Murieron las lágrimas de mi abuela, nacieron las de mi maestra al decirme: siempre estarás entre los recuerdos de esta escuela.
Se quedaron los Alpes abrazando el puente de la catarata, en el que una vez mi hermana y yo huimos cogidas de las manos, y allí en ese río se quedó también el recuerdo de aquel niño amigo de la escuela, cuando una mañana al caer, su vida se estrelló con la corriente del agua que no vio su inocencia.

La pelota perdida en la fuente de la plaza adornada de los árboles espesos, las lágrimas de mi abuela, el olor del chocolate, el suave sabor de las fresas, sonrisas, la lengua extranjera, los relojes de interminables sonidos, los caramelos de colores fundidos en mi lengua, la casa de la ladera, el trineo abandonado, la niña compañera y tímida que me seguía por dedicarle una sonrisa; todo está ahora vivo con aroma y sabor a chocolate y fresas.

Aquel café

2viqgz6

Me fui a la calle en la que te conocí. Todo había cambiado, las luces parecían apagadas, y el ruido de aquel café, se quería esconder en mi mirada.

Me sentía perdida en aquella soledad, envuelta en el recuerdo de tus ojos cuando al entrar al café, nos miramos por primera vez. Me senté en aquella mesa sostenida por metal, te busqué, y te encontré palpitando en mis recuerdos.

El café Comercial sobreviviendo en la noche de Madrid, me abrazó al verme, se acordaba de mí, y también de ti, pero el silencio de tu ausencia me dio una bofetada de melancolía, en la realidad que nos separaba y también nos unía.

Te busqué en todas las miradas desconocidas, quise llamarte para ver si venías a mi lado, pero no lo hice…recordé tus ojos estudiándome, tu boca entregada a mi próximo futuro, tus manos que yo adivinaba tibias y desde el primer momento imaginé, recorriendo mi cuerpo, y creo que en ese momento, te amé más de lo que nunca ninguna mujer haya podido amarte.

Todavía no entiendo porque te perdí, aunque sí sé que tú decidiste vivir sin mí, sólo tú sabes que esto es para ti.

Y en aquel café, me despedí de ti.

Volátil

7 043 - copia

Volátil, como aquel tejado que parecía querer separarse de sus muros, para abrazar a la lejanía, disfrutando paso a paso, y en un equilibrio constante con el viento, y quizás cambiar su nombre, y perfumarse de eterna libertad.

Pausada, como un beso sin prisa de tiempo, pero apresurado de pasión, y de lejos, miradas enfermizas que solo miran al suelo, y por eso enferman, porque nunca les devuelven la mirada, ni siquiera con pupilas inventadas.

Templada, como una mano cuando se aproxima y está a punto de tocarte la piel cuando quema, o ese momento siguiente, cuando unos ojos esperan que des paso al deseo, y así dejar camino libre, para poder mañana buscar nuevos momentos.

No me escondo, pero me ensancho y te regalo mi silencio cuando se escapa de mí misma, y se oculta en la silueta de tu recuerdo.

 

 

Leyendas

Tertulia

La noche se sintió de pronto sola. Lo cuentan las leyendas, me lo susurran despacio, en las noches en las que camino sola cuando no deseo la compañía de nadie.

Lo supo cuando las huellas intentaban pasar desapercibidas, porque los pasos se dejaban dominar por la prisa de la inconsciencia, las miradas pegadas al suelo, no veían las estrellas, y la luna veía su luz reflejada en el cemento, pero las farolas con su luz artificial, eran como un espejo reflejando su imagen opaca y triste.

Las siluetas eran sombras grises, con olor a cigarrillos quemados, humos evaporados incluso antes de elevarse a las nubes; habían besado pulmones solitarios, y regalado a la noche, los secretos guardados entre candados abriendo callejones solitarios y también, tascas repletas de voces que querían ser escuchadas, sin la necesidad de dar color a la voz.

En las tascas los borrachos de corazón, alternaban su inconsciencia con el deseo temporal de olvidar su cordura, y dejaban a cada paso, sus cicatrices de la vida grabadas en el cruel asfalto.

La noche gritaba al sentirse sola, pero nadie la escuchaba.

Y en el más profundo silencio, resonaban las notas de un piano, pero nadie se atrevía a preguntar quién tocaba, porque la noche comenzó a sonreír.

El sonido parecía muy lejano, como el murmullo del mar con las ventanas cerradas, como el quejido del animal que se siente de pronto abandonado, como el niño que llora unos instantes antes de que su madre le toque, o como aquella vez que estando de espaldas, te mire un momento antes de girar tu cabeza y encontrarme.

¿Por qué no me besaste?

Ahora al recordarlo, parece que el asfalto quiere parir huellas, y al evocarlas, consiguen miradas elevándose al cielo, ojos que después verán la luz cuando se va apagando justo antes de llegar la noche.

 Entonces dejará de sentirse sola.

Lágrimas

El,ella

Se abrazaba al volante mientras veía de frente al sol ocultándose en el horizonte, por momentos parecía desear engullirla.

El atardecer ese día era lento, tan lento como los pensamientos que se cruzaban por su cabeza: divagaba entre el orden de la realidad y la locura de quien quiere escapar de ella.

Kilómetros, pensamientos, atardecer, y los colores que se mezclaban entre todos ellos.

El asiento de al lado estaba vacío, pero no era voluntario, sencillamente, no había nadie para llenarlo; lástima pensó, si estuviera ocupado, ahora estarían admirando la belleza del ocaso del día, se cruzarían las miradas, o esbozarían alguna sonrisa, pero el asiento estaba vacío.

La soledad era especialmente odiosa cuando conducía, sobre todo ahora cuando el calor empezaba a agitar la respiración. De pronto y casi sin darse cuenta, la oscuridad le sorprendió, la noche se había adueñado con su cruel negrura del paisaje.

Las luces largas acariciaron la carretera, la luna en su total soledad, esbozó la sonrisa de quien no tiene nada que perder, y sintió la mayor de las tristezas.

El sueño empezó a vencerla, y las lágrimas querían salir a explorar por su piel… se negaba a sí misma el derecho a llorar, y a los pies de lo que parecía un área de descanso, paró el coche, y reclinó su asiento.

Con las lágrimas en la garganta, cerró los ojos y no pensó en nada.

Despertó cuando el sol despuntaba una vez más, sus ojos tropezaron con el amanecer, y con una figura borrosa moviéndose en el coche que estaba a su lado.

Abrió la puerta para estirar las piernas, y al fijarse en el coche de al lado, se cruzó su mirada con unos ojos negros como la noche, y le estranguló el corazón sin avisar.

La figura borrosa empezó a tomar forma lentamente, mientras se dirigía hacia ella.

– Mi cuerpo necesita un café, y yo deseo saber porqué tus ojos encarcelan lágrimas.

– Yo también necesito un café.

Y justo antes de caminar a su lado, las lágrimas escaparon, mientras, el desconocido enganchado en sus ojos, cogió su mano, y le dio una bofetada a la soledad.