Hoy…mañana


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El ascensor tarda mucho en llegar. Suelo pulsar el botón de llamada con cuidado, despacio y sin prisa. Hoy lo he hecho con rabia, enfado, y de forma muy descortés.

Se está vengando, tarda, tarda y tarda.

La rabia y el enfado venia hoy en el paquete del nuevo día al despertar. Ha sido una sensación de impotencia al abrir los ojos y conectarme a la realidad, deseaba silencio y soledad, me molestaban los ruidos normales de la casa y de la calle, el sonido de las ruedas de coches desconocidos que muy probablemente, se dirigen a su trabajo, o como algunos que yo me sé, que aprovechan las primeras horas del amanecer para buscar a sus amantes, cuando sus maridos o mujeres se van.

Odio de forma incontrolable los portazos de las puertas, forzar demasiado el picaporte, y que al hacerlo, su sonido es como una protesta contra la vulgaridad.

Me dirijo a mi cocina, el lavavajillas me espera repleto de platos, vasos, cubiertos y alguna otra cosa, para ponerlos en su sitio y esperar impacientes a volver a ser útiles, pero eso que es algo que día a día hago sin más, hoy me fastidia hasta la saciedad.

Me dan ganas de no hacer lo cotidiano, de ni siquiera pensar, qué pasará cuando los demás lo vean sin hacer, y siento deseos de meterme en la ducha, vestirme, prepararme para la lluvia decidida a acompañarnos hoy, darle al trabajo una patada encubierta de mentira piadosa, y lanzarme a la calle a caminar.

Lo hago, lo he decidido, soy la única dueña de mis días, al menos a partir de hoy, y también de mañana.

Caminar bajo la lluvia sin paraguas y con capucha, tiene la ventaja de sentir en tu piel, su humedad, aceptarla como algo natural y no fastidioso, vas caminando escuchando su sonido, porque ella habla, cuando cae llora, cuando muere en el asfalto se reencarna al chocar con la hierba, y se engrandece si se une al océano.

Yo camino por las calles de un barrio residencial, de esos que cobijando almas entregadas al trabajo, guardan en sus paredes planes de nueva vida, nuevas calles, nuevas paredes, planes vestidos con la ilusión de tener toda una vida por delante.

Hoy mis calles callan, se guardan la voz, se visten del silencio que mima el alma acentuando la importancia de ser uno mismo, de alejar ataduras innecesarias, de esas con forma de cremallera o cerrojo, regalando niebla a la luz que hoy oculta la lluvia.

La capucha me quita parte de visión, siguen cayendo gotas, cada vez con más fuerza y algunas mueren en mis brazos, resbalan primero y muchas de ellas se dejan absorber por mis pasos libres de hoy, que van dejando huellas de sobriedad absoluta, de desafío y transgresión a lo cotidiano al hacer siempre y cada día lo mismo, y se van quedando grabados en el asfalto mojado, marcando surcos de innovación que al segundo después, ya son recuerdos del pasado reciente.

Las cafeterías que voy encontrando en mi camino, sufren el poder absoluto de la ausencia, de los estragos de los días laborables, y salvando alguna excepción que siempre las hay, veo de refilón alguna presencia con un café entre las manos, apretando quizás por su calor la taza como si fuera el cuerpo que quisieron abrazar anoche y no pudieron.

En mi barrio he sabido de muchas familias rotas, llegadas a sus nuevas casas con niños y también con hipoteca y trabajo. He sabido de sus dramas, de cómo en plenitud de ilusión, han perdido su trabajo de forma injusta, porque en estos últimos años, un grupo de personas han decidido darle ventajas al que contrata y debilidad al contratado.

Recuerdo todo esto cuando a mi paso veo carteles con números grandes de se vende o alquila, en pisos nuevos que apenas ha dado tiempo a manchar, paredes regadas con lágrimas, desesperación y niños asustados por el destino obligado, por la cárcel que a veces es la vida, por la falta de empatía, por el querer agradar a un puñado de países llamados Europa. Y que con guante blanco exigen a los demás que ahoguen a los suyos, para garantizar su propia supervivencia en conjunto de maldades y egoísmos.

La lluvia empieza a debilitarse lo suficiente como para echar hacia atrás mi capucha, me libero de ella para que toda mi visión se encuentre de frente con el parque mojado, pero precioso, con ese brillo que el agua deja a su paso, con ese olor de tierra y hierba mojadas, que te hacen sentir viva, te hacen recordar viejas historias, y sucumbes al abrazo de la melancolía, pero lo haces sin tristeza profunda, de esa que ahoga las ideas y te deja clavada en la oscuridad, lo haces con la otra, con la que te serena y casi te hace llorar, pero después cuando se despide de ti y deja de ser tu sombra, te fortalece y la dejas marchar con un hasta luego.

Me siento en un banco, está mojado pero no me importa, y sentada en su borde mientras miro alrededor, pienso en la canción Amo Tanto La Vida de Ismael Serrano, y me acompaña mientras pienso dónde se fue el amor perdido, la pasión olvidada, el deseo repentino que resucita tu interior cuando menos lo esperas, y esa emoción naciente de las entrañas cuando él te dijo:

“El pelo recogido te sienta tan bien”

Me lo pregunto y decido dejar las respuestas para otro momento, la lluvia ha cesado, la canción también, y mi escapada en solitario, se viste de nuevo ante el mundo que me espera.

 

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6 thoughts on “Hoy…mañana

  1. Muy grata.
    La narrativa introspectiva.
    Muy triste, lo que hay detrás de ella y entre las líneas.
    Conozco esos días en que provoca escapar de todo y de todos para sumirnos en el silencio, sin pensamientos si es posible. Ya me los han presentado y somos viejos conocidos. Aunque, puestos a elegir, prefiero esos que evocan niñez de mejores días:
    Caminar bajo la lluvia sintiendo la humedad en el rostro, chapoteando en los charcos con las botas de goma.
    Los pasos sobre la arena de la playa con los pies descalzos, volteando hacia atrás para contemplar las huellas antes de que una ola las borre.
    Pisar las hojas tiernas y doradas de los primeros días del otoño, cuando todavía no crujen de resecas.
    Oler el humus y la tierra húmeda después de un aguacero en medio del bosque o en un prado.
    Pero los días de ahora son distintos y las escapadas también.
    Recorrer las calles desiertas, las paradas solitarias y las cafeterías casi sin parroquianos. Intentas no ver la miseria ajena, no acordarte de los refugiados; los de aquí para allá y los de allá para acá.
    No acordarte de los que se marcharon buscando algo mejor, de los que fueron desalojados y en sus pisos relucen los letreros de venta. De los okupas que invaden el barrio y, en lugar de cuidar, destrozan los pisos porque no son de ellos, como si okupa y vandalismo fueran sinónimos o siameses.
    Pero, tarde o temprano hay que regresar a la realidad que hemos querido evadir por algunos momentos.
    El ascensor siempre está en el último piso y sigue tardando más que el fin de mes cuando el sueldo no estira para llegar. Quizás decidamos subir por las escaleras, contando los peldaños tan solo por no pensar en otra cosa.
    Pero la realidad está allí, esperándonos de vuelta, porque sabe que siempre volvemos. Quizás sea la pila de platos sucios acumulados en el fregadero, quizás sean los que están ya listos en el lavavajillas y nadie sacó ni colocó en su sitio, porque no hay nadie más que uno para hacerlo.
    Lo triste y lamentable es cuando estas situaciones llenan días, los días cubren semanas y estas se acumulan en meses y nada cambia o lo hace para empeorar. Cuando no hay nadie ya que diga si te queda mejor el pelo recogido, o si te va mejor suelto y salvaje, sin peinar.

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    1. Lo que sí es cierto, Jesús, son algunas actitudes que a veces, tenemos a nuestro alrededor, te impiden de alguna forma centrarte en aquellas cosas que te dan la vida por dentro y, por fuera. Queda la paciencia de saber que tarde o temprano, las rejas se conviertan en una hermosa ventana abierta por donde entra la luz a raudales. Mientras, las letras nacen tristes y buscas el silencio.

      Leer opiniones como la tuya, que bien podrían adaptarse a texto por su buena narrativa, profundidad y elegancia, reconforta el alma.

      Gracias.

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  2. Muy bonita lectura. Muy bien escrita. La vida pasa delante nuestra y apenas le prestamos atención. Por cada casa que pasamos y o vemos si interior, es una película que nos perdemos. Pero lo importante es no dejar nunca de saber, que nosotros somos también protagonistas. Abrazos.

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