La calle de las emociones

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La calle de las emociones era imperceptible, se mantenía en un rincón privilegiado, resguardada sin llamar la atención.

El aire era tímido, pero albergaba un inventario colosal de emociones, solo ella sabía reconocerlos en ese callejón.

Miles de miradas pasaban de largo, había saludos sin pronunciar, el asfalto  la rodeaba, robaba emociones, sentimientos, y en muchas ocasiones le tentaba mezclarlos con su pasado.

Sólo había algo que pronunciaba la realidad, el brillo de unos ojos que siempre era capaz de apreciar, una mirada latente y ausente al mismo tiempo, unos ojos que al soñar imaginaba que la veían, unas retinas que a la luz del día, la ignoraban con una enorme carga de dolor.

Salía el sol cuando lamentaba el presente, no había melodías al intentar juntar sus píes en ese pequeño trozo de asfalto.

Quemaba el beso que nunca le daban, era como ese gusano que casi pisa la última vez que llovió.

Giró de improviso, se encontró con el brillo de sus ojos sin esperarlo, no hubo palabras, porque en ese momento nadie debía escuchar nada, y los cuatro píes se adelantaron para confundirse en un abrazo.

Fue tan inesperado que los labios aprendieron en unos segundos un idioma desconocido, fue tan intenso, que el asfalto pudo por fin besar a esa calle que creía no ser nunca vista.

El aire huele a tu nombre.

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Te escondes

cita

Podría hablarte sin pronunciar palabra

Si supieras interpretar mis miradas

Sería golondrina, o quizás gaviota

En el mar sin agua de tus ojos.

Te imagino enredado en mi cuerpo

Y yo…

Te encuentro cuando nadie pronuncia mi nombre

Juego con el ángel que escondes

Y el aire huele a tu nombre.

Te pronuncio

Te escondes

Y como duele la ausencia que ocultas.