Realidad

Copia de Viento del Sur

He bajado las persianas de mi rutina, me he subido al tren, ha llegado mi estación… no me he bajado, he seguido hasta el final, un recorrido para abrazar mi realidad.

Siempre me ha gustado viajar en tren, me gusta más que el avión, más que el coche, me gusta incluso más que tú, en el barco de nuestros recuerdos.

El tren de hoy me ha pasado factura por todos los minutos regalados en tantos años, me ha reconocido como pasajera habitual de sus destinos, como espectadora embelesada de los paisajes de ventanilla, como observadora incondicional de compañeros y compañeras pasajeros de viaje que nada significaban para mí por ser desconocidos… y entre paisaje y paisaje, sus miradas, fueron las más fieles compañeras de destino.

He visto tu mirada en la primera estación, mi dolor cuando te alejaste en la segunda, mi cínico olvido en la tercera, mi afán por enterrarte de mi vida en la cuarta, y mi certeza de no tenerte en la quinta que no es ni la última, ni mucho menos el final de trayecto.

Hoy he llegado hasta el final, he dejado el tren y he andado lo desandado, he grabado en mi alma miradas desconocidas que no soy capaz de olvidar, y discúlpame por haberme guardado tus besos, entre las costuras de los bolsillos de mi abrigo desgastado.

Lo he hecho cuando la noche empaña las ventanillas de mi tren, cuando la luna no desea ni mirarme, cuando tu olvido se perdía con los ruidos de la oscuridad, cuando ya nada ni nadie, se atreve a desafiarme.

Lo he hecho porque tus besos son las únicas lágrimas imposibles de olvidar, ni de dibujar en un mapa que no me pertenezca a mí.

Me he atrevido a llegar tan lejos, para llorar sin sentirme mal, al ser consciente de no tenerte y a la vez, olvidarte y confundirte en el abrazo de mi realidad…

…¿O de nuestra realidad?

 

 

 

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Los olivos de mi infancia.

olivos de baeza

Crecí entre montañas, con aromas latinos, con esencias perennes entre las cuatro paredes del hogar. Éstas se cruzaban con miradas perdidas sin traspasar los cristales impolutos de las ventanas, pero se pegaban a la piel de mi alma y me enseñaban la parte más principal de la vida, la emoción de vivirla antes de aprender a leer o escribir.

Era el viaje del tacto a través de la piel de mi abuela,  olía a olivos, a sol, a prendas lavadas a mano en el río, a cicatrices escondidas en sus arrugas por la pérdida de su futuro, o por la lucha de ver a sus hijos crecer, aunque fuera con la humillación de los caciques cercanos.

Cuando contaba y me miraba, sus ojos se adaptaban a los míos, su alma tocaba mi mirada, sus dedos gesticulaban con voz propia, sus recuerdos los traspasaba hacía mí, no me los vendía, me los regalaba para seguir viviendo al menos hasta que yo misma muera.

Se perdía entre los olivos de su Jaén, incluso me parecía que sudaba cuando recordaba el calor intenso de su tierra, pero también se iluminaba cuando hablaba de los colores del atardecer sobre los olivos, del aroma de las aceitunas, de su sabor que murieron con ella, y de su esencia, de su extracto, del aceite que según ella, alargaba la vida y te hacía longeva: era para ella el orgullo de su tierra.

Y casi entraba en trance al hablar de sus gentes, de la familia que quedó anclada en Linares, de la magia que le inspiraba Baeza, de la solidaridad de los vecinos en urbes pobres cuando todos se ayudaban y compartían no sólo frutos de huertas, sino también la esperanza y el optimismo de lo que les esperaba a los hijos e hijas, correteando ajenos por la calle a la podredumbre de la realidad.

A ellos y ellas…mejor no hablarles de momento, de la guerra civil y de sus consecuencias.

Quedaba todavía lejos la huella que pudieran dejar en ellos, eran tiempos de nutrirse con los colores del atardecer, para después soñar en un mañana mejor, eran tiempos de sopas de ajo, de freír mondaduras de patatas lavadas, de aprovechar al máximo cualquier ápice de alegría en una mirada para no olvidarla nunca, eran tiempos de no olvidarse de la receta del gazpacho andaluz, para después, inculcármelo a mí.

Ella era, la pequeña de la familia Ruiz, creció mientras la guerra se nutría de rencores para estallar cuando empezaba a sentir el primer amor, aquel moreno andaluz de La Carolina, que se fijó en ella cuando caminaba por el pueblo envuelta en sus viejos vestidos, y la seguía cuando iba a lucirse en ese Linares que acogía familias enteras y que después de haber pasado tanto tiempo, aún conserva familias enteras entre las paredes que han sobrevivido al progreso, y que no olvida a los que se marcharon porque al respirar su aire, hueles el aroma que las huellas han dejado entre su suelo y sus olivos.

Ella nació allí, murió en Madrid, pero su esencia quedó enganchada en el suelo de Linares, lo sé, porque cuando yo misma pisé su suelo, la sentí.

Josefa Ruiz Linares, mi abuela, que dejó media vida en Jaén, y nunca lo olvidó, y a mí, me contó hasta la última lágrima que allí dejó.

Segundo Apellido.

Armas y Balas

Cuentan en mi ciudad las abuelas que han sobrevivido a sus maridos, las historias de fúsiles que aunque todavía recuerdan, no se atreven a decir en voz alta.

No atreverse, no por miedo, no atreverse porque al recordarlo se hace un nudo en las entrañas, ésas que rugían en la miseria del hambre burladas con mondas de patatas fritas, cuando las sirenas les hacían agarrar a los hijos y correr por el asfalto roto, machacado por los seres que llevaban el apellido de la guerra.

Los píes se precipitaban al suburbano que entonces, no sabía de modernidades e ignoraba que si estiraba los brazos al futuro, podía tocar con la punta de los dedos, el progreso en saltos de 20 años o más…

…Cuentan, se miran entre ellas buscándose en las miradas de la complicidad que han vivido la misma historia, miradas que salen desde dentro, en las ausencias que se han olvidado a fuego lento en los andenes de la memoria que todo lo graba, y a la vez, todo lo aniquila cuando se aparta para morir en el callejón del dolor.

Dicen, que cuando todo acabó, muchos se empeñaron en buscar un segundo apellido, para darle nombre a lo innombrable, para darle un segundo apellido al asfalto que al sobrevivir, le han tapado las heridas con huellas de distintos nombres, pero de raíces que por debajo, suelen llorar cuando sus antepasados y sin saberlo, pisan la sangre seca a la que ya no reconoce ni la lluvia.

Cómo una estampa, decía con énfasis en la voz la del moño, sí, aquella que una vez perdió a la más chiquita, cuando al ruido de sirenas una bomba desde el aire infernal, dejó ese cuerpecito inerte en el suelo porque el susto fue más grande que su pequeño corazón (…)

Y tiraba de los otros, que sin dejar de mirar atrás, veían a su hermana sin entender nada. Pero no eran tiempos de pararse a llorar, eran tiempos de tragarse las lágrimas y así de paso, salvar a los demás. Y se salvaban sin saber de qué escapaban, y seguían sin saber el porqué de su lucha, y sin soltarse el pelo de la nuca, lloraba cuando las luces se apagaban, y esperaba a que volviera la luz del día para abrazar el cuerpecito que todavía ahora abraza, aunque se haya perdido su vida en  la más absurda confrontación teñida de rencor entre nacionales y republicanos.

Republicanos con nombres de poesía esparcida en caminos desconocidos, mientras caminaban de espaldas a lo absurdo, poetas non gratos por sus ideas y que la historia se ha ocupado de no robarnos, y de abrazarnos entre los brazos de la cultura que nunca murió con ellos…republicanos anónimos con el último pensamiento de sus hijos bajo el ruido de un pelotón numeroso, anestesiado de conciencia pensando siempre que era el del al lado el que tenía la pólvora asesina…

…Y había recuerdos para los nacionales también caídos, porque algunos cayeron, pero entonces ellos no fueron prisioneros, fueron los verdugos de algunos recuerdos que ahora se cuentan en voz alta, de nombres perdidos en fosas anónimas y que ahora con su moño, esperaba para que todos y cada uno de ellos, pudieran mirar al presente y se supiera el lugar que habían dejado vacío.
Como el vacío del hambre que nunca se ha vuelto a saciar, aunque la abundancia nos quiera hacer olvidar; pero nada se olvida, ni siquiera la muerte lo borra.

Se tarda en entender lo mucho que cuesta encajar el rompecabezas del sufrimiento, mezclado con el egoísmo de quién no lo ha vivido, de aquel que ha intentado transformar la sangre vertida, en monumentos de piedras tan blandas como el agua, de aquellos que ignorantes aún no saben, que aquí nunca hubo una cuestión de razones, sólo fue no saber encontrarle los píes al respeto, y tildar a la tolerancia de calzarse con ellos cuando se los veían planos y no aptos al servicio de la palabra que une, comunica, y se eleva más allá de la razón, aunque fuese sin alzar la voz.

(…)Mi Lolita, no sobrevivió, ella no pudo dejar la palabra escrita de otras Lolitas, como aquel que sin dejar de mirar atrás, guardó el semblante de lo perdido para desmembrar con el tiempo las espinas de ese tallo, y que a pesar de tanto pinchazo y bastantes heridas, le ha dejado la rosa limpia, rosa que morirá, pero hasta entonces, será la belleza en la vida de muchos ojos, y será bañada de las gotas que pareciendo rocío, serán en realidad, las lágrimas que no han de morir, porque mientras estemos vivos, nunca se han de olvidar de su segundo apellido.
-Siempre me descansa la memoria cuando instantes que se alargan en intensidad de sentimientos, me abrazan con una calidez que nada tiene que ver con lo físico.

Son los recuerdos de lo contado, de aquello que alguna vez, se quedó grabado por la fascinación de la voz que narraba, y que a la vez, te hacía escribir sin saberlo en la memoria, cuando perdías la noción del tiempo, interpretando las miradas del dolor en los recuerdos contados en voz alta-.

Turista Accidental

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Acabo de llegar. He volado hasta aquí sin mirar el paisaje, creo que realmente deseaba no mirar atrás, y no lo he hecho.

Mi compañero de asiento ha sufrido una de esas fobias de las alturas, miraba de reojo  las nubes que acariciando las ventanillas, te obligan a mantener los píes pegados al suelo del avión; se me ha ocurrido mirar con descaro por debajo de las nubes, y el océano me ha mareado, y he olvidado  que no sé nadar.

Mejor no pensar en estos momentos en todo aquello que no deseo hacer.

Pensaré mañana en tierra firme, lo que me queda por conseguir, así sea porque lo deseo, o porque no me queda más remedio.

Allí no había un alma por las calles, lo acabo de recordar, están todos siempre circulando con el volante entre las manos, los coches inundan las calles, pero los píes apenas dejan huellas en el asfalto.

Por encima de las cuatro ruedas llegas a cualquier parte, alimentas a algún dueño de cafetería con las copas que te ayudan a dormir, y buscas miradas solitarias como la tuya,  cuando no las encuentras, te sientes más sola todavía, si las encuentras la soledad te dura unas horas menos.

Mi compañero de viaje es de mediana edad, por supuesto no sé nada de su vida, ni deseo saberlo. Empezar una conversación con preguntas tópicas, no es mi estilo, y si lo medito es porque todavía sé diferenciar a un hombre atractivo;  si no fuera por el pánico escénico de las alturas, me habría quedado enganchada en sus ojos,  sería inútil desplegar armas de seducción en esas condiciones.

Cierro los ojos con la esperanza de dormirme, así sin pensar en nada, olvidando todos los recuerdos de los últimos meses, o al menos postergándolos hasta nueva orden.

No es que hayan sido días de tragedias, más bien han sido comedías emocionales, no me han llevado a ningún sitio, pero me han ayudado a mantenerme firme allí dónde tenía que estar.

A veces he sentido ser protagonista de cualquier cosa, entretenimiento de butaca de patio para espectadores; igual les daba estar en ese teatro o en cualquier otro recinto parecido.

Lo he sentido cuando caminaba por las calles, cuando comía y cenaba sola en el restaurante de cualquier carretera, pero eso sí, sin alejarme demasiado del kilómetro cero de mi realidad.

Ahora parece que mis píes se relajan, poco a poco rozamos el suelo, lentamente me voy olvidando de mi compañero de asiento, me doy cuenta que ya no le necesito, pero realmente es él el que no me necesita a mí, supongo que llegar le da fuerza, creo que la vida le ha enseñado a no pedir ayuda, a afrontar cualquier circunstancia solo, aunque sea con los ojos en blanco y con el estómago del revés, aunque sea con espectadores que después de todo, nunca volverá a ver.

Ya hemos llegado, y ahora qué…

Apenas doy unos pasos, y veo que aquí las almas si pasean dejando huellas en el asfalto,  el aíre te invita a encerrarte y ser sedentaria en sociedad, y en compañía; hay colores por todas partes… y tú estás entre las flores.

Mañana tengo que empezar a encontrar cuatro paredes en las que vivir, y después otras cuatro que me den sustento para vestir a las primeras, avanzar después por todas las calles en las que quizás te escondes, mirarlas, sentirlas, olerlas, pararme de vez en cuando y encontrarte, o quizás no, pero intentarlo y así no olvidar nunca tu mirada.

Ha sido una noche fría en un hotel sin nombre, prefiero vivir en esas paredes que encierran dos pequeñas habitaciones, allí puedo poner mis cosas, y además encerrarme cuando me apetece, pero de momento no cierro las puertas, que las calles me llaman; rutas que consiguen que te sientas extraña en una ciudad que además es la tuya; no te imagino, me sucede porque soy una realidad encerrada en calles ausentes, en una ciudad que no me mira, y me adormezco en callejones empedrados, no te encuentro, pero te veo, y ahora sé que estás aquí.

Y hasta que te encuentre, necesito vivir.

Soy alma que divaga, me abrazo a calles que quizás acabas de rozar con tu silueta, y que algunos ojos lascivos que al paso me miran, consiguen que te olvide por unos instantes, y sigo andando, busco mi morada, un rincón para soñar y luchar.

Lo encuentro sin darme cuenta, está en el casco antiguo de esta grandiosa ciudad sin mar, edificio viejo y raído en la fachada, con escaleras de madera que casi son de caracol, con portería que habla de alquiler antes de nada, y de fianza antes de subir escalones; está bien digo sin pensar, el segundo piso está bien, suficiente para hacer ejercicio moderado cada día, y de sobra para no cansarte al atardecer.

Los escalones crujen tal y como esperaba, la puerta se abre sola, parece que me estaba esperando; techos altos, paredes desnudas que me piden compañía sin compasión, cuatro paredes, sólo cuatro, yo no necesito más, después de todo la cama es grande como a mí me gusta, y el baño me lavará algo más que la cara y las ideas.

La ventana no cruje, pero parece un espejo cuando refleja todas las luces de tu ciudad, observo y me resulta fascinante el efecto del neón sobre el cristal…dónde estarás tú…no lo sé, pero a mí tu ciudad me acaba de acoger como voluntaria pasiva que va buscando el tacto de una ausencia, sus cristales quieren abrirse, quizás para que huela en el aíre un aroma agridulce, él me acaba de reconocer como turista accidental de tus recuerdos.

Ya es sábado, el primero que me engulle sin esperar nada porque de pronto me doy cuenta que echo de menos el no tener que madrugar, me digo en voz alta que tendré que trabajar en alguna cosa, aunque sea a media jornada y mal pagado, pero después de todo da igual, lo importante es sentirme viva dentro de ti.

Parece mentira lo que cambia el ambiente en un fin de semana, el parque que parece abandonado por las noches, está repleto de niños, se confunden con bicicletas y patines, seguro que son los regalos de la última navidad, y ahora sirven para desgastarlos en está incipiente primavera.

Me voy al baño, debo prepararme para salir a la calle y confundirme entre la gente, necesito saber si puedo conseguirlo, y si lo hago, me sentaré en un banco y miraré a mi alrededor, así, sin esperar nada, tan solo por sentir la sensación de dejarme llevar, y enterrar por un rato los recuerdos que me han traído hasta aquí.

Me está dando el sol en la cara, me ciega los ojos y miro hacia otro lado porque me ha parecido verte adorando a un niño. Me da miedo volver a mirar, pero he de hacerlo y lo hago.

Observo encogida, ni siquiera el sol consigue ya engañarme, eres tú, y sé que adoras parte de ti, por mi cabeza pasan infinidad de interpretaciones, y entre ellas que un mal amor te regaló otra vida en la que te reflejas, pero que estás al fin y al cabo solo; me dan ganas de ponerme en píe, ir corriendo a verte y abrazarte, pero antes de que mis piernas reaccionen, te abrazan, y te vuelves para besar una mejilla rosada, y el parque me engulle, y la casualidad de haberte visto feliz, me seduce para serle infiel al presente y a mi soledad.

He sido capaz de estarme quieta, observarte a ti y a tu vida feliz, he esperado intentando decidir si debía hablarte, y he entendido que si lo hacía, dejaría de ser turista accidental en tu ciudad, para ser tu amante habitual, te conozco quizás mejor que tú mismo, y por eso mis píes me han obligado a levantarme, caminar y no mirar hacía atrás.

El domingo lo pasé entre cuatro paredes, me quedaba el consuelo de mi ventana, me regalaba vistas de calles colindantes en las que quizás vivías tú, y más paredes en las que parecía que ya me habías olvidado; miré al parque con la esperanza de volverte a ver, pero estaba desierto, era demasiado temprano para ti, y demasiado tarde para todo aquello que deseaba entregarte, y antes de lo que me imaginaba, tu ciudad me cantaba la eterna melodía del olvido.

Salí cuando el sol estaba a punto de inventar nuevas historias, caminaba despacio, después de todo no tenía prisa, pero mis píes se negaban a dejar huellas, y eso no podía soportarlo.

En la estación hacía frío, pero apenas me daba cuenta

  • Deme un billete para el próximo tren…
  • Reconocería esa voz en cualquier sitio…

Te miré y la estación fue el único testigo de mis sentimientos, cuando comprendí que llegaba el tren. Su silbato me reclamaba, mi mirada y mi silencio, se grabaron en tus ojos sin decir adiós, te regalé mi último abrazo, me quedé con el olvido que decidí dejarte.

Pero antes de subirme al futuro inmediato, me dejaste clavada en el anden, decidiste abrazarme por detrás, como aquellas veces cuando en la playa veíamos juntos el amanecer, no sé porqué me llegó ese recuerdo, pero entonces el mundo era para nosotros, y ahora la vida se empeñaba en excluirme del mundo en el que tú estabas.

Y tenía miedo de mirarte, casi era mejor sentir tus brazos con esa fuerza que desafiaba al tren, porque entre tanto silencio de palabras, entendiste todo en unos breves segundos, y no deseabas que me alejara.

Se marchó con la vida de sus pasajeros encerrada en sus miradas, me pareció que un niño me decía adiós, mientras tus brazos me sujetaban; se evaporó el tren en el horizonte, y estabas tú llenándolo todo.

-Mírame por Dios.

Me volví despacio, después de todo el silencio que había dejado el tren que nunca cogí, ya no me dejaba alternativa.

Tus ojos seguían regalando el brillo que recordaba al pensarte, recibir tu mirada, me recordó el día que te conocí; dejé de ser yo misma en ese instante, y cualquier cosa que me dijeras, lo creería sin dudar…debí coger el tren, tenía que haber viajado con tus recuerdos enganchados en mi piel.

Al día siguiente la lluvia manchaba los cristales, mojaba además los recuerdos que aún no habían querido fluir, el ruido del agua al romperse en el suelo, acompañaba a una joven muchacha que sentada en un bordillo, parecía querer desaparecer, probablemente nadie le había enseñado a estar sola, o quizás había aprendido a fuerza de lágrimas  derrochadas en días lluviosos.

Te moviste bajo las sábanas, se incrementó la incertidumbre entre las cuatro paredes de cualquier hotel. Al mirarte me empeñaba en encontrar un final justo para nosotros, me preguntaba porqué no podía sencillamente dejar pasar el tiempo o vivir el momento y no pensar en nada, pero me habías robado ya tantos momentos, que uno más ya empezaba a ser muy importante para mí.

La muchacha ya no estaba sola, una bicicleta se paró ante ella, y aunque la lluvia no me dejó ver sus ojos, una mirada de esperanza dominó la calle, y por unos instantes, deseé ser ella.

Le tendieron una mano, se aferró a ella, y la bicicleta unió una historia de amor desconocida y preciosa.

-Ven, todavía es temprano.

-Llueve mucho.

-Como el día que te conocí

-¿Lo recuerdas?

-Desde luego, recuerdo tu pelo mojado, tu paraguas tronchado por el viento, tu pelo lacio pegado a tus mejillas, recuerdo sobre todo la sensación de saber con seguridad al verte, que tu mirada era la que había visto en todas las mujeres que antes creía haber amado.

Me volví a mirar la calle mojada, la lluvia había dejado la ciudad, nacía un nuevo aroma que me impulsó a abrir la ventana.

No sé porqué, hubiera deseado en ese momento estar sola, pero tu mirada estaba tan fija en mí, me olvidé de la civilización, de la soledad…

…Deseaba en ese momento engancharme a las teclas de un ordenador, pero estaba de paso en una ciudad casi sin nombre para mí, necesitaba escribirte en hojas vírgenes, era la única forma de poder recordarte cada vez que yo quisiera, leerte entre mis dedos, describirte en mi recuerdo, regalarte a cualquier lector que quizás alguna vez, me vería entre los renglones torcidos de mi historia, de nuestra historia.

Tu cuerpo se dibujó ante mis ojos al escapar de las sábanas.

  • Tengo que llamar a mi hermana, hoy no voy a ir a casa, quiero estar contigo.
  • ¿Tú hermana?
  • Sí, vive conmigo, es la pequeña, nunca llegaste a conocerla, me ayuda con mi hijo, en realidad me ayuda con todo.

Entonces entendí que tu beso en la mejilla, aquel que me alejó del parque y casi me hizo huir de tu ciudad, fue una letra de desamor que nunca debí escribir en mi memoria.

Tu ciudad se convirtió en la mía, esas calles de pronto eran mi futuro, te deje hablar, te escuché, fui a buscar en mi maleta aquel cuaderno que necesitaba el tacto de mis dedos; te dibujé, te escribí, mientras olvidaba que casi te había perdido.

Estabas dormido cuando el amanecer me sorprendió entre mis letras, cerré el cuaderno en el que ya había descrito el tacto de tu ausencia, y en el que mañana dibujaría tu mirada bajo las sábanas que me esperaban junto a ti.

Los jardines esperaban, y tú… entre las flores.

Tu ciudad dormía, yo ya no era turista accidental de ninguna calle que no hubieras recorrido tú.

 

Amé

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Hace mucho tiempo, amé. Desde entonces he muerto de amor varias veces, y alguna vez, incluso el  egoísmo se ha atrevido a acariciarme.

De la misma forma que ahora sale el sol después de varios días de lluvia, yo he muerto, he quedado muda, y mi sonrisa se ha quedado aletargada en la indiferencia del amor, el cariño, e incluso la soledad  en la que se encierran estas letras.

Han habido momentos en que he creído no ser nadie, ni nada, porque los sentimientos suelen cruzarse con emociones moribundas, pero nunca desean agonizar en tu vida.

Lloras,  mueres, agonizas, y vuelves a amanecer aunque sabes no ser nada en esa mirada que creías te abrazaba en el sentimiento del amor.

Y vuelves a llorar cuando ves, que otros corazones ajenos, pero testigos de tus emociones, se alegran al verte morir varias veces de amor, en tu propio silencio, y te lo demuestran entre líneas de sutil indiferencia.

Vuelvo a enmudecer.

 

 

Entre mi nombre y la niebla

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El cielo reposaba en su inseparable azul, desde la diminuta ventana del ático.

En el centro se mezclaban el humo de las cenizas, con el olor del ambiente fijado en su memoria.

La calle en ruinas parecía un enjambre recién vaciado de su miel. La añoranza de días pasados cuando oculta y escondida esperaba para saborear el dulce, parecía ahora un sueño que nunca se había hecho realidad.

Mirar las fachadas derruidas era ver la realidad. Ellas eran cómplices del miedo escondido en todo aquello que aún se mantenía en pie y salvaba, de la vida que se erguía, a pesar del miedo, dominando cada rincón.

El papel en blanco se había convertido en el mejor amigo de juegos de Anna.
En él, los pensamientos jugaban apoderándose del espacio que parecía interminable. Milagrosamente le había acompañado durante todo el viaje, mientras escuchaba el ruido que aquellos hombres de gris hacían en cada atardecer.

Después, cuando el silencio hacía olvidar el miedo, los párpados cansados anunciaban el final del día. Los instantes morían después de muchas horas vacías. Ellos sobrevivían al tiempo que querían robarles.

En el ático no había flores frescas ni se marchitaba la esperanza. Allí se atesoraban los minutos que parecían ir en contra del tiempo.
El padre de Anna miraba a su hija dormir. Entre pensamientos dispares y miedo, escribía con desesperación cartas a viejos conocidos intentando reflejar lo valioso que era para él la vida de sus hijos.

Intentaba transmitirlo a través de las letras, en una época en que se luchaba por salvar la propia vida, y no la vida de otros.
La noche reposando en una soledad que gritaba a voces, estaba ausente del miedo escondido en las calles. Parecía asustada de la niebla que dominaba el cielo.

La niebla era el alma convertida en cenizas de amigos y posiblemente familia, que habían sido arrancados de la realidad de su vida, para conservar una pureza de raza en la que ellos no tenían cabida.

En esos momentos pensó en el mundo que habitaba en la frontera de la tragedia que vivía. Millones de personas ajenas al miedo y desesperación, ausentes al temor de vivir cada día escuchando el idioma de la muerte. El resto del mundo dormía, mientras ellos morían.

El amanecer despuntaba. Cerró la carta que escribía para salvar a su familia, sin saber que aunque llegara a su destino, nunca sería la salvación de la esperanza que albergaba.

Caminaba lentamente la muerte, en la calle que sostenía la fachada del ático. Todo quedaba grabado en las pupilas de Anna. El efecto pasaba al corazón, después, los sentimientos llenaban de color y forma las páginas en blanco de su diario. Lo atesoraba como un salvavidas en su tragedia…

Una mujer corría escapando de los hombres de gris. Las voces del idioma enemigo gritaban en un tono grave. Era ese tono que se emite cuando el poder, te invita a matar sin tiempo para reflexionar y pensar que al hacerlo, le quitas a otro ser humano lo más valioso que tiene: su vida.

El ruido de las armas se quedó impreso en la espalda de la mujer. Era el sello que la sangre deja cuando el pasado se escapa del cuerpo en unos minutos, y el futuro, se desvanece en el aire.

La mujer quedó clavada en el suelo de rodillas. Un pañuelo atado en su cabeza para defenderse del frío que acompañaba a la madrugada, fue lo único que la niña podía mirar y describir en su diario.

Dejó que su mirada buscara alrededor algo alegre que distrajera sus sentidos. La habitación respiraba soledad y desesperanza, pero ella, fijó sus ojos en su diario. Pensaba en un escondite para él. A partir de ese día lo escondería antes de irse a dormir.

El viento chillaba en un vano afán de ser el protagonista del día. Pero la mujer aún clavada de rodillas en el suelo, era la única protagonista en ese momento de la memoria de la niña.

Anna pensó en su papá. Sabía que luchaba por la supervivencia de todos. Escribía cartas a personas que en otro tiempo habían sido compañeros y amigos. Ahora esas personas estaban ocultas en el corazón de la ciudad. Una ciudad, que sufría la persecución de aquellos que se ocultaban solo, por ser ellos mismos.

En esos momentos su padre entregaba una carta que suplicaba ayuda. La carta llegó a manos de un hombre que fugazmente deseó ayudar. Sin embargo, dejaría la carta en un lugar que sería el hogar perenne de unas letras con dueño en el presente, para ser después testigo de la memoria histórica a largo plazo.

Se aventuró en las calles con pasos cansados. La esperanza daba prisa a sus píes, a pesar de la muerte que descansaba a lo largo del camino que le separaba de su familia.

La niebla de las cenizas en el aire dibujaba formas incoherentes, inconexas ante el paisaje que se adivinaba tras ella. La vida de muchas personas se quedaba reducida en la niebla a restos incinerados en el cielo. El viento se llevaba recuerdos, pensamientos, esperanza y vida, en cada ráfaga que la brisa dejaba a su paso. Cenizas con aromas de vida, cenizas envueltas de pequeñas y grandes vidas, perdiéndose en la soledad que la persecución dejaba a su paso.
El atardecer se anunciaba con colores infinitos. Sus tonos eran perceptibles a sus ojos, al igual que el miedo era compañero inseparable de su corazón. Ese atardecer era lo único que además de su familia, tenía en ese momento.

Anna escuchó los pasos de su padre al llegar. Su estómago se había acostumbrado al vacío, pero sus brazos, se alimentaban cada noche de los abrazos de su padre, de las palabras que decían en silencio.
Se acurrucaban en el suelo abrazados en el silencio que solía embargar las noches. Miraban el cielo que descansaba de la vida quemada.
Se dormían agitados por el silencio que aturdía el corazón de la ciudad, se dormían sin pensar que al despertar, todo podría acabar.
La noche devoraba los minutos. El sueño se perdía en el miedo. La luna en su belleza era incapaz de hablar el idioma de la desesperanza.

Amanecía lentamente, nada rompía el ascenso del sol. El horizonte se llenaba de colores en una espera impaciente del minuto siguiente. Su línea luchaba en el tiempo que temblaba en el ático, un tiempo que restaba esperanza en los instantes en que el ruido despertó a Anna.
La niña reconoció el ruido de las botas, sabía que les habían encontrado.
Su padre y el resto de la familia dormían. Buscó una página en blanco y escribió: «entre mi nombre y la niebla descansan todos mis recuerdos»; dejó su nombre impreso. No tuvo tiempo de esconder sus pensamientos.
Abrazó a su padre diciendo… «te quiero».