Sólo el Mar

006D1CTGP1_1zas

 

Recuerdas cuándo te decía… Solo el mar alegraría mi espíritu.

 

Nada ha cambiado, todo sigue igual. Ahora es cierto que mis manos tiemblan al narrar todo lo indescriptible en mi memoria, lo no nato en mi imaginación quizás por apatía, tal vez, por la carencia de ese don tan preciado por todos, el cariño.

 

Ha perdido las formas en mi imaginación, me llama, se esconde en brumas profundas, aletea junto a los pájaros cuando me despiertan por la mañana, o vuelven a sus guaridas a la caída del sol.

 

Se han ensombrecido los recuerdos que daban alas a mis pies, en mis manos ahora son arrugas surcando nuevos rumbos aunque el camino termine, y el final inexistente para los demás, me pisa los talones del alma.

 

Solo el mar tan lejano me habla. Cubre mis poros, los limpia de viejos rencores, de esa fe ciega que nadie regala, de eso que llaman amor y que mueve el mundo, y a veces mueve los cimientos hasta el extremo de destruirte,

 

Recuerdas cuándo te decía…Sólo el mar alegraría mi espíritu.

 

Es cierto pero está tan lejos, tan al final de un pozo sin fondo, que lucho para que mi imaginación resucite.

 

 

Sensibilidad

 

rosavioleta-300x300

Morir un poco cada día, es señal de que vives intensamente. Lo sé cuando soy capaz de intuir y adivinar el mundo, desde una pequeña ventana cobijada con su cristal, vestida con las cortinas avanzando más allá de la imaginación.

Mi alma también tiene cortinas, son livianas, viajeras, y agarran todos los detalles del día siguiente y, me hacen ser quien soy.

¿Quién soy? Todas las preguntas llevan hacia una irremediable reflexión, será difícil o quizás inoportuna para ti, pero para mí es adentrarme en lo más profundo del misterio de la vida.

Me confieso culpable de querer adentrarme en lo más profundo de mí misma, me confieso todos los días con los colores incipientes del amanecer, con los tonos moribundos del atardecer, con la arena mojada de la playa de mi vida, con la empatía y sensibilidad de todos los que merodean a mi alrededor.

No debo sentirme culpable por llorar cuando la luna toca mi presencia, ni por odiar el abrigo cuando me acaricia el sol, ni por sufrir cuando veo unos ojos tristes, una mirada perdida, o padecer cuando intuyo una vida perdida, aunque sean de los desconocidos y desconocidas que me encuentro de paso en el asfalto.

Así soy yo, y así deseo morir, sintiendo a los demás como si se tratara de mí misma. Poco importa si nadie es así, y mi sensibilidad extrema asusta o no es entendida.

 

Hoy…mañana

wp-1451178394187

El ascensor tarda mucho en llegar. Suelo pulsar el botón de llamada con cuidado, despacio y sin prisa. Hoy lo he hecho con rabia, enfado, y de forma muy descortés.

Se está vengando, tarda, tarda y tarda.

La rabia y el enfado venia hoy en el paquete del nuevo día al despertar. Ha sido una sensación de impotencia al abrir los ojos y conectarme a la realidad, deseaba silencio y soledad, me molestaban los ruidos normales de la casa y de la calle, el sonido de las ruedas de coches desconocidos que muy probablemente, se dirigen a su trabajo, o como algunos que yo me sé, que aprovechan las primeras horas del amanecer para buscar a sus amantes, cuando sus maridos o mujeres se van.

Odio de forma incontrolable los portazos de las puertas, forzar demasiado el picaporte, y que al hacerlo, su sonido es como una protesta contra la vulgaridad.

Me dirijo a mi cocina, el lavavajillas me espera repleto de platos, vasos, cubiertos y alguna otra cosa, para ponerlos en su sitio y esperar impacientes a volver a ser útiles, pero eso que es algo que día a día hago sin más, hoy me fastidia hasta la saciedad.

Me dan ganas de no hacer lo cotidiano, de ni siquiera pensar, qué pasará cuando los demás lo vean sin hacer, y siento deseos de meterme en la ducha, vestirme, prepararme para la lluvia decidida a acompañarnos hoy, darle al trabajo una patada encubierta de mentira piadosa, y lanzarme a la calle a caminar.

Lo hago, lo he decidido, soy la única dueña de mis días, al menos a partir de hoy, y también de mañana.

Caminar bajo la lluvia sin paraguas y con capucha, tiene la ventaja de sentir en tu piel, su humedad, aceptarla como algo natural y no fastidioso, vas caminando escuchando su sonido, porque ella habla, cuando cae llora, cuando muere en el asfalto se reencarna al chocar con la hierba, y se engrandece si se une al océano.

Yo camino por las calles de un barrio residencial, de esos que cobijando almas entregadas al trabajo, guardan en sus paredes planes de nueva vida, nuevas calles, nuevas paredes, planes vestidos con la ilusión de tener toda una vida por delante.

Hoy mis calles callan, se guardan la voz, se visten del silencio que mima el alma acentuando la importancia de ser uno mismo, de alejar ataduras innecesarias, de esas con forma de cremallera o cerrojo, regalando niebla a la luz que hoy oculta la lluvia.

La capucha me quita parte de visión, siguen cayendo gotas, cada vez con más fuerza y algunas mueren en mis brazos, resbalan primero y muchas de ellas se dejan absorber por mis pasos libres de hoy, que van dejando huellas de sobriedad absoluta, de desafío y transgresión a lo cotidiano al hacer siempre y cada día lo mismo, y se van quedando grabados en el asfalto mojado, marcando surcos de innovación que al segundo después, ya son recuerdos del pasado reciente.

Las cafeterías que voy encontrando en mi camino, sufren el poder absoluto de la ausencia, de los estragos de los días laborables, y salvando alguna excepción que siempre las hay, veo de refilón alguna presencia con un café entre las manos, apretando quizás por su calor la taza como si fuera el cuerpo que quisieron abrazar anoche y no pudieron.

En mi barrio he sabido de muchas familias rotas, llegadas a sus nuevas casas con niños y también con hipoteca y trabajo. He sabido de sus dramas, de cómo en plenitud de ilusión, han perdido su trabajo de forma injusta, porque en estos últimos años, un grupo de personas han decidido darle ventajas al que contrata y debilidad al contratado.

Recuerdo todo esto cuando a mi paso veo carteles con números grandes de se vende o alquila, en pisos nuevos que apenas ha dado tiempo a manchar, paredes regadas con lágrimas, desesperación y niños asustados por el destino obligado, por la cárcel que a veces es la vida, por la falta de empatía, por el querer agradar a un puñado de países llamados Europa. Y que con guante blanco exigen a los demás que ahoguen a los suyos, para garantizar su propia supervivencia en conjunto de maldades y egoísmos.

La lluvia empieza a debilitarse lo suficiente como para echar hacia atrás mi capucha, me libero de ella para que toda mi visión se encuentre de frente con el parque mojado, pero precioso, con ese brillo que el agua deja a su paso, con ese olor de tierra y hierba mojadas, que te hacen sentir viva, te hacen recordar viejas historias, y sucumbes al abrazo de la melancolía, pero lo haces sin tristeza profunda, de esa que ahoga las ideas y te deja clavada en la oscuridad, lo haces con la otra, con la que te serena y casi te hace llorar, pero después cuando se despide de ti y deja de ser tu sombra, te fortalece y la dejas marchar con un hasta luego.

Me siento en un banco, está mojado pero no me importa, y sentada en su borde mientras miro alrededor, pienso en la canción Amo Tanto La Vida de Ismael Serrano, y me acompaña mientras pienso dónde se fue el amor perdido, la pasión olvidada, el deseo repentino que resucita tu interior cuando menos lo esperas, y esa emoción naciente de las entrañas cuando él te dijo:

“El pelo recogido te sienta tan bien”

Me lo pregunto y decido dejar las respuestas para otro momento, la lluvia ha cesado, la canción también, y mi escapada en solitario, se viste de nuevo ante el mundo que me espera.

 

Desde mi ventana

ventana

He visto morir el atardecer a través de mis cortinas, son suaves y livianas, son cómplices de mis deseos cuando la noche llega cargada de oscuridad.

Hago caminatas interminables con mis ojos y con mi imaginación. Me pierdo en los pliegues escondidos en todos los rincones de mi casa, pero mis mejores espejos de la vida y la realidad son mis ventanas.

Los cristales saben entender los idiomas que domino en mis silencios, me escuchan en invierno cuando son escudos del frío inmortal, en otoño cuando la brisa se prepara para acentuar su sonido, en primavera cuando sustituyes la lana por el polen que te hace llorar, y en verano cuando te abrasan los rayos pegados en sus esquinas.

Abrazada a sus rodillas, una chica suspira en silencio sentada en la acera, la brisa mueve su pelo con total indiferencia, pero yo la veo desde mis cristales llorar con sigilo, esperando que nadie la vea, ni la escuche, pero sin poder evitar las lágrimas muertas en el asfalto cruel de su ciudad.

Deseo consolarla, pero mis cristales se ríen en la noche, me obligan a creer en la magia de su oscuridad, a la que se teme y también se ama, y me piden que espere.

Las farolas urbanas se encienden con esa luz artificial engañosa e inoportuna, un coche se para junto a ella, la obliga a levantar su rostro, a desafiar al miedo que muere cuando le miras a los ojos, y sus labios se pronuncian en la sonrisa más bonita que pude imaginar.

Ha sido una visión efímera y eterna al mismo tiempo, pero esa chica estará ahora escondida en los brazos del próximo amanecer, y estará enganchada en los labios que fugazmente intuí por mis cristales.

Son solo los cristales hablando con todos los idiomas y dialectos de mi silencio.

Lluvia

152b-2bsuena2bel2bpiano2bbajo2bla2blluvia

El ascensor no llega, lo lamento tengo prisa, deseo salir y perderme entre la lluvia, mojar mi pasado perdido y a veces erróneo, me he olvidado el paraguas a propósito, quiero perderme por las calles solitarias empapadas de humedad bautismal, no soy capaz de obedecerme a mí misma, necesito olvidar.

Las gotas resbalan y mueren en cualquier parte de mi abrigo, mi capucha seduce a mi pelo escondido bajo su sombra y mis manos en los bolsillos, arañan recuerdos perdidos en las costuras del tiempo infinito.

Camino peleando con el viento empeñado en acompañar a la lluvia, desafío su fuerza, me golpea  y por unos segundos soy una niña asustada justo después de escaparse de casa.

Pero mis ojos bajan hasta el suelo, asfalto enfangado cubierto de charcos limpiando huellas pasadas, de esas que guardan secretos y llegaron hasta las raíces de la memoria viva guardando cualquier sentimiento.

Hay sentimientos que duran toda una vida, o varios meses, o por minutos controlados en el tiempo, o segundos enganchados en la soledad  incontrolable, que a veces nos atenaza, nos adormece, nos separa de aquello que vive detrás de los cristales de las ventanas, y en otras ocasiones te quedas helada cuando tus sentimientos se congelan en el alma de los demás.

Por eso he salido a confundirme con la lluvia, por eso su humedad me habla, por eso he entendido que sus gotas no han muerto en cualquier parte de mi abrigo, y se han quedado enganchadas en todo aquello que necesito olvidar.

La lluvia cesa, el parque se abriga en mi presencia, tu olvido ya no es una ofensa…

…Tu recuerdo me deja sin fuerzas, me siento en un banco mojado en el mismo instante en que vuelve salir el sol, mi pelo se olvida de sus sombras, mis manos se dejan seducir por el tiempo presente, y entonces sales de mi vida para siempre.

El agua ya no me moja, pero si te nombra.

 

 

Única

a23mzt

 

No sabe nada de flores, de amaneceres fríos, de mayos que se empeñan en no ser primaveras, ignora que en Octubre el otoño empieza a adueñarse de los colores ocres, o que el atardecer no solo se puede apreciar frente al mar.

No entiende que la noche sea para refugiar recuerdos, porque sueña despierta aunque la luna esté preñando el paisaje, o las estrellas desde lo alto hagan el amor con las mareas; está a punto de descubrir que es única, irrepetible, que nadie tiene los gestos de sus manos cuando escribe, o que el rictus de su sonrisa se queda grabada en innumerables retinas.

Intuye que después de casi media vida vivida, su piel es su mejor vestido, su mirada la mejor defensa ante el futuro, sus manos la seguridad que sueña el presente cuando nadie la ve.

Añora la risa de su padre, o sus manos cuando describían en el aire dibujos que le hacían reír, el mar con su aroma y sonido balanceándola en aquellos rincones que todos los demás evitan, unas manos que la dibujen en letras, unos labios que la pronuncien en silencio, un cuerpo que la busque entre el frío asfalto.

Deletrea un nombre que le toca el corazón, dibuja la fantasía que puede llegar a nublarle la razón, se bloquea con una traición, optimiza los sentimientos que hacen llorar a todos los que están a su alrededor y de vez en cuando, la ven.

Hoy ha faltado una mirada, una palabra que solo sea para ella, no ha habido caricias, ni ternuras ni glorias que pudieran elevarla a la luna, pero estaba el sol sobre su cabeza, el mar en su recuerdo y la sonrisa en esos labios que nunca se apaga.

Y ahora un descanso para probar la miel olvidada en el tarro perpetuo de la despensa de los recuerdos, y ese olor que nunca ha querido reconocer y que ahora, forma parte de los años que le ha robado la vida.

Y la vida no le regaña, la mira, la observa y aunque no dice nada, la ata, la sujeta y la eleva al silencio que siempre la obliga a pensar que ella, es la dama que sin saberlo alza las manos y sujeta las estrellas que los demás no consiguen alcanzar.

La vida le susurra…eres única, eres mujer.

 

Doce Silencios

mujer-descalza-furtiva

Entre doce silencios camina, seis a cada lado de sus recuerdos, mutismos interrumpidos por la realidad, reavivados por la ociosidad que le regala la sociedad.

 

No ve flores marchitas, ni nieve en la cumbre de la montaña de su infancia; se apaga el nogal ocupando el primer lugar en su afónica docena, ve huellas marcadas en su camino, y lucha sellando su horizonte.

 

Hay sombras borrando miradas vacías, descubre al silencio dando las mejores respuestas.

 

El ruido es intenso, tanto, que se convierte en voz.

 

Vagabundo

luna

Me contaba un vagabundo, que por las noches se perdía en la luz de las estrellas. Eran estrellas palpitantes bajo el techo del horizonte de sus ojos. Él no reparaba en esos techos blancos encerrados entre las cuatro paredes de una ciudad, porque su techo se adornaba con la lámpara que las estrellas dibujaban en su cielo.

Se cobijaba aunque el frío tatuara sus huesos, con la luz de luces del firmamento. Se mecía en la invitación flagrante del punto blanco sobre negro, dando imaginación a sus futuros sueños.Sentía en unos instantes la libertad de poder tocar las estrellas.Se sentía libre, mientras el mundo giraba por debajo de sus luces. Se dormía cuando su cuerpo ya no era capaz de reconocer a su alma.

Cuando el sol ocultaba las luces que engendraban sus más maravillosos sueños, el ruido de la realidad le daba bofetadas de soledad e indiferencia, porque su techo se había convertido en numerosas pisadas que ante sus ojos, le pisoteaban con total indiferencia.

Se resguardaba bajo cualquier puente, en la esquina que acababa de dejar otro indigente, en la entrada de un metro repleto de miradas ausentes, en el silencio que descansaba al final de su voz cuando pedía o deseaba un bocado caliente, en la sonrisa de aquel niño que ajeno a sus desgracias, le sonreía en un instante.

Me contaba un vagabundo que una noche al despertar, el sol tapó sus sueños para siempre, pero las estrellas brillaron bajo el techo de su ausencia.

 

Silencios

espejismo

Es como una escalera escondida en ese rincón, en el que sólo entras tú.

Tiene una visión muy por encima de las miradas ajenas, sus peldaños se han formado con las huellas de tus éxitos y fracasos, hay sombras de perfiles en sus bordes, recuerdos grabados justo en el centro donde sólo tus pies se acoplan, y cuando miras la lluvia desde la ventana más cercana, crees ver el reflejo de un arco iris al que nunca te atreverías pisar, y esperas con tus manos aferrando recuerdos que insisten en morir.

Se burla de ti durante el día, se ríe a carcajadas cuando el sol termina su viaje de ascensión oblicua, se queda agazapado en gritos de voces ajenas, se serena de pronto mirando el horizonte, se embriaga de todos los colores dueños del atardecer, y al llegar la oscuridad, llora de emoción para que la luna y la noche, no se sientan solas.

Y tú te dejas caer en ese viejo cojín, que conoce tu cuerpo mejor que nadie, se abraza despacio al espacio incoloro de cuatro paredes y un techo, bautizados con todos tus secretos, sonríes con los ojos cerrados, mientras bailas sin música, rezas sin un Dios imaginable, y reconoces al silencio como el mejor amante de tu piel ausente.

Confieso que le amo más que a nadie.

Silencios paridos del silencio de una vida.

Luz

mujer2

 

La luz se mostraba de forma nítida sin esconder el horizonte oculto, invisible, días antes por la niebla.

El pelo recogido en la nuca, los tacones como complemento rutinario de su vestuario, los pantalones ceñidos a sus piernas, y el alma adormecida por un letargo inoportuno, quizás a causa del cansancio, o tal vez, por un necesario paréntesis de los sentimientos.

Entre paso y paso, nacían letras que nunca eran escritas en papel, versos mezclados deambulando por una mente inquieta, a veces insegura, y en otras ocasiones, la mente divagaba por el mero placer de ser cómplice de la realidad.

A veces el cuaderno era olvidado, el papel se mostraba ausente dentro de su bolso, el teclado se quedaba lejos, como si huyera de sus dedos, como si dilatara la necesidad de expresarse, pero la mente escribía sin piedad mientras andaba, cuando soñaba despierta, o cuando en la cocina, se perdían en el agua en plena ebullición.

Y escuchó el ruido de tráfico tras ella, y después el trino de los pájaros de ciudad embaucados de por vida por el reflejo del asfalto, regado de diminutas migajas de pan, y restos de otros manjares pisoteados por las huellas de ciudad frenética, de supervivencia.

Caminaba sin mirar hacia arriba, no necesitaba mirar al cielo, imaginaba de forma certera, la cadena de nubes que coronaban la ciudad; imperaban los sentidos, el tacto de la brisa en la piel, el ruido de fondo como melodía imprescindible para saberse viva, para luchar, para amar.

Las sensaciones eran imprescindibles para mitigar el recuerdo del dolor causado por la muerte, por la injusticia, por el desamor, por el abandono, por la soledad, que no eran exclusivos para ella, porque estaban por todos los rincones, y quiso en ese momento, no ser ella, pero si ser de todos los demás.

Y casi sin darse cuenta, la luz empezó a desaparecer, se acababa el día, llegaba el atardecer, y nunca el aroma de la esperanza fue tan dulce.